• El municipio de la Sierra Norte consolidó servicios, seguridad y desarrollo con organización social
A lo largo de la historia de los pueblos en México, tristemente no se ha podido lograr el bien para los pobres. Pareciera que siempre ha triunfado el mal sobre el bien.
Aquí, en nuestro estado, en las entrañas de nuestras zonas campesinas e indígenas, se padece una realidad dolorosamente idéntica a la que asfixiaba a Huitzilan antes de 1984.
En este proceso siempre intervienen traidores: ricos insaciables que nunca se conforman con la riqueza que almacenan y políticos corruptos que cierran los ojos para no ver la ignorancia, la miseria y la injusticia en la que vive la mayoría de los mexicanos.
Cierran los ojos para no erradicarlas, ignorando que estas son las causas fundamentales de los males de México. Nosotros en Chiapas lo entendemos bien. Novelas como Balún Canán, de Rosario Castellanos, o La rebelión de los colgados, de B. Traven, basadas en historias reales de la lucha de nuestros campesinos en Chiapas, son el reflejo de una verdadera enfermedad nacional.
Y en Antorcha también tenemos la historia de un municipio que ha sufrido mucho: un municipio relativamente pequeño, ubicado en la Sierra Norte de nuestro hermano estado poblano, Huitzilan de Serdán.
¿Qué pasó en Huitzilan? Inicialmente, los campesinos se organizaron con la Unión Campesina Independiente (UCI) para defenderse de los abusos de todo tipo, principalmente del crimen y del acaparamiento en la comercialización del café, el producto agrícola más importante de esa región.
Pero cuando los caciques se dieron cuenta de que los campesinos, aconsejados por la UCI, ya no querían vender el café a los precios de miseria que ellos imponían, empezaron a presionar. Usaron incluso amenazas de muerte contra los líderes de la UCI hasta que lograron sobornarlos.
Y así ocurrió la gran traición: en lugar de ayudar a los campesinos, la UCI empezó a apoyar a los caciques.
De líderes campesinos pasaron a ser pistoleros a sueldo y comenzaron a matar a todo aquel que se oponía a sus órdenes. Uno de los primeros en caer fue el presidente de la cooperativa del grupo antorchista, nuestro compañero Bartolomé Tadeo Arellano.
Desde 1920 hasta 1984, toda esa vida de atraso, marginación, terror e insalubridad fue producto de la política de quienes tuvieron a su servicio a los pistoleros de la UCI, con el único fin de someter las ganas de libertad de los huitziltecos.
Pero en 1984, los huitziltecos buscaron el apoyo de Antorcha y nuestro dirigente nacional, Aquiles Cordova Morán, no dudó en dárselo. Con Antorcha se empezaron a hacer denuncias ante las autoridades del estado, así como marchas, mítines y plantones.
Huitzilan era un pueblo fantasma. Todo estaba cerrado. No había ley; las autoridades eran los caciques y la ley eran las balas. Antorcha logró que se abriera la presidencia, la escuela primaria y la iglesia.
Después de mucha presión de las masas, se logró castigar a uno de los autores intelectuales, calmando un poco las masacres.
Sin embargo, la sangre siguió corriendo. Los pistoleros mataron a dos expresidentes municipales antorchistas y a dos presidentes en funciones: primero a Ignacio Gómez Cipriano y más recientemente a Manuel Hernández Pasión, a quienes hasta la fecha no se les ha hecho justicia completa.
Los antorchistas sobrevivientes cuentan que el número de muertos en esa época criminal rebasó los 100, entre ellos más de diez mujeres. Mientras todos los municipios de la Sierra Norte estaban sometidos al yugo de los caciques, Huitzilan tuvo el valor de levantarse contando únicamente con la ayuda de los antorchistas de Tecomatlán.

Hoy la realidad es otra. Huitzilan ha tenido un cambio radical.
Con la llegada de Antorcha se pavimentaron las calles y se introdujeron los servicios básicos. Se construyó un hospital, una unidad deportiva y se crearon escuelas de nivel básico, medio superior y superior.
Pero lo más importante es que hoy la gente puede transitar sin peligro por las calles y atender sus parcelas de café sin poner en riesgo su vida ni la de sus familias. Indudablemente, este municipio se ha puesto a la cabeza de todos los pueblos de la sierra y es un verdadero ejemplo a seguir.
Bien dice el dicho: “Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. Los huitziltecos están obligados a difundir su historia, a hacer que las nuevas generaciones la abracen y sigan defendiendo el desarrollo de su pueblo.
Hoy, como antes, enfrentamos retos. Los recortes presupuestales están a la orden del día y los “cantos de sirena” empiezan a sonar porque se acercan las elecciones. Ya sabemos que a los enemigos del progreso no les gusta ver que la gente humilde gane.
“Chiapas, de ti habla la fábula…”. En México existen más historias de lucha y victoria como la de Huitzilan y Tecomatlán en Puebla, o como las colonias Cerro del Tejolote y Clara Córdova, donde los protagonistas son los organizados en Antorcha.
En esos lugares, la lucha continúa, y aún no se escribe el punto final, pero ya se vive un clima de paz y desarrollo para sus habitantes.
Y es que aquí, en nuestro estado, en las entrañas de nuestras zonas campesinas e indígenas, se padece una realidad dolorosamente idéntica a la que asfixiaba a Huitzilan antes de 1984.
Cientos de comunidades chiapanecas siguen sufriendo el abandono, la falta de servicios básicos, la pobreza extrema y los abusos de quienes acaparan la riqueza.
La marginación y el cacicazgo no son cuentos del pasado en Chiapas; son la cruz que nuestra gente humilde sigue cargando todos los días.
La historia de nuestros hermanos poblanos demuestra que la resignación no es nuestro destino. La verdadera y única solución para emancipar a los pueblos de Chiapas de la miseria es seguir el gran ejemplo del valiente pueblo huitzilteco: la organización y la lucha consciente.
Tenemos que despertar, unirnos y educar a nuestra gente para tomar el futuro en nuestras propias manos.
Sólo organizados, luchando hombro con hombro, podremos arrancar el progreso que se nos ha negado y construir para Chiapas una vida de verdadera justicia social.
Desde Chiapas, un abrazo fraterno a Huitzilan de Serdán.
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