MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Urge recuperar la conciencia colectiva entre los oprimidos

image

“El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en economía política”. Así dijo Federico Engels en una de sus magistrales obras, y dijo más: “Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que él convierte en riqueza. Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre” [es decir, al género humano].  

No significa que esto, escrito en 1876 por el autor alemán ya citado, cobre debida certeza sólo de entonces a la fecha. Nada de eso. La Antropología, es decir, el estudio de la humanidad, de las sociedades del presente y del pasado, así como de las diversas culturas y formas de organización, acumula ya suficientes vestigios como mudos testigos, que afirman con su sola y afortunada existencia, que lo que dice Engels aplica, y ha aplicado desde que el primer homínido tuvo conciencia del uso de su fuerza para conseguir su alimento.    

Pero, ¿cómo fue que casi desde su origen, el ser humano enfrentó y sometió con su trabajo a la naturaleza para convertirla en riqueza, cuando su limitada fuerza era aún muy inferior a la necesaria? 

 

La respuesta más difundida es la inteligencia: el hombre dominó a la naturaleza porque es más inteligente que ella, se dice. Pero esto nos lleva a suponer que lo primero que desarrolló el primitivo ser humano para garantizar su existencia fue la conciencia individual, por encima de la conciencia de grupo, es decir, colectiva. Pero la realidad ha mostrado lo contrario.

La otra respuesta, esta ya menos difundida por todo lo que implica para la sociedad moderna, la encontramos en la obra llamada Cómo el hombre llegó a ser gigante, escrita por el ingeniero ruso Ilya Marshak (M. Ilin), con la colaboración de su esposa Elena Segal. Transcribo a continuación cómo es que lo dicen estos autores, con motivo de la cacería del mamut lanudo; una descomunal fiera superior en tamaño a los elefantes de ahora. 

“¿De qué manera se las arreglaba el hombre primitivo ante una bestia tan descomunal? Sólo cuando se da a la palabra ‘hombre’ la interpretación de ‘gente’ podemos comprender esto. Aisladamente, el hombre nunca hubiera tenido ventaja sobre ningún animal grande. Pero, ¿habría sido el hombre lo que es si hubiera estado solo? No fue el hombre, sino la gente con su fuerza combinada quien aprendió a fabricar instrumentos, a cazar, a hacer fuego, a construir casas, a rehacer el mundo.” 

Ya no es la naturaleza y sus fieras gigantes a las que el hombre moderno debe enfrentar de manera colectiva: es a las fieras, gigantes también, de la propiedad privada y el capitalismo.

Aquí tenemos pues, rescatada de manera muy plástica y sencilla, la conciencia colectiva del ser primitivo para garantizar su existencia y empoderamiento sobre todos los demás seres de la naturaleza.

Pero dijeron más los autores que refiero, que conviene rescatar hoy: “Si, incluso en la actualidad, es casi imposible que un ser humano continúe siéndolo si permanece en total soledad, ¡qué podríamos decir del hombre primitivo! Los hombres llegaron a ser humanos sólo porque vivían juntos, cazaban juntos y hacían sus instrumentos.”

Si alguna conclusión valiosa podemos rescatar hasta aquí con todo lo dicho, misma que nos sirva de explicación para caracterizar la sociedad moderna en la que hoy vivimos, es la siguiente: el ser humano cobra tanta más humanidad cuanto más cultiva su carácter gregario, es decir, su carácter de existencia comunal. Y, por el contrario: cuanto menos cultive la vida en comunidad, en ese mismo grado, menos humanidad tendrá.

Pero hoy vemos cosas verdaderamente aberrantes. El pueblo palestino, es decir, niños, mujeres, ancianos y adultos en general, están siendo literalmente masacrados para despojarlos de lo que ha sido por siglos su hogar de convivencia, y todo esto, con plena complacencia de los imperialistas estadounidenses, los más poderosos del mundo. Y no es esta la única ni la más sangrienta manifestación que está sufriendo desde hace tiempo una parte mayoritaria de la humanidad, a manos, precisamente de otra parte, la menor, que se dice también humanista. 

Ya no es la naturaleza y sus fieras gigantes a las que el hombre moderno debe enfrentar de manera colectiva: es a las fieras, gigantes también, que la propiedad privada y su modelo de producción, hoy llamado capitalismo, neoliberalismo o de libre mercado, ha creado y sigue creando por todos los rincones del planeta. 

Es momento entonces de apelar nuevamente, para garantizar el éxito del hombre de ahora, tal como hicieran los primeros seres humanos que anduvieron sobre la faz de lo que era de todos, a la conciencia colectiva de la humanidad. Pero el llamado ya no puede ser para todos los que se dicen humanos o humanistas. Ya no para todos. 

Para caracterizar la sociedad moderna en la que hoy vivimos, ya Carlos Marx y Federico Engels, los alemanes humanistas por excelencia, nos dieron la pauta para entender mejor cómo fue que la humanidad comenzó a perder su humanismo. Para tratar de exponer las consecuencias de que unos hombres busquen siempre apoderarse del trabajo de otros hombres, los precursores del socialismo científico afirmaron así: “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días [con excepción de la comunidad primitiva], es la historia de la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales [obreros y capitalistas diríamos hoy], en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentan siempre; mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes” (El manifiesto comunista, 1948).

Entonces, la tarea de rescatar la conciencia colectiva de la humanidad para su salvación, ya no puede ser obra de todos los que se dicen humanos. Los opresores buscan y buscarán siempre el sometimiento de los oprimidos hasta su aniquilación, tal como sucede hoy en la Franja de Gaza en Palestina.

La batalla colectiva de los oprimidos de ahora debe ser contra sus opresores. Y aquí, como en el pasado, la organización popular, educada, será la garantía del nuevo triunfo de la humanidad sobre la nueva bestia salvaje del capitalismo que nos lastima y aniquila. No lo olvidemos.

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más