Mientras el gobierno federal en México se encuentra concentrado en temas de seguridad y en la persecución de presuntos delincuentes de alto perfil a los que la presidenta Claudia Sheinbaum ha dedicado especial atención, la pobreza en el país continúa en aumento, extendiéndose como una mancha sobre los cinturones de miseria a lo largo y ancho del territorio nacional.

Esta situación, lejos de ser casual, responde a un fenómeno estructural: el imperialismo, que sigue manifestándose de manera violenta y sistemática en las naciones del mundo, particularmente en aquellas que conforman el llamado “tercer mundo”.
El dirigente nacional del Movimiento Antorchista, Aquiles Córdova Morán, ha sido contundente al abordar este tema. Sin rodeos, afirma que no existe un capitalismo “benévolo”, pues el imperialismo ha perfeccionado sus mecanismos de saqueo y dominación. En palabras retomadas por la periodista Adamina Márquez, el sistema que explota a México, América Latina y al sur global no ha cambiado en esencia únicamente ha refinado sus instrumentos.
La idea de un capitalismo menos agresivo o de un “imperialismo bueno”, como algunos sostienen, resulta, en este contexto, una ilusión. La realidad es que la explotación del tercer mundo continúa intensificándose, bajo nuevas formas más sofisticadas, pero igualmente perjudiciales.
Durante su ponencia “Principales factores de decadencia del imperialismo”, presentada en el Tercer Congreso Internacional Universitario del Centro Universitario Tlacaélel, Córdova Morán explicó que el imperialismo contemporáneo atraviesa su fase más violenta y exterminadora. Sin embargo, su base sigue siendo la misma la extracción de plusvalía y la explotación del trabajo humano.
Hoy en día, estas dinámicas se expresan a través del capital financiero globalizado, la externalización industrial y la financiarización de la economía, herramientas que permiten someter a los países pobres sin necesidad de ocupaciones militares directas.
Retomando planteamientos de pensadores como Karl Marx, Vladimir Lenin, se reafirma que la riqueza, independientemente de su forma, tiene un origen común la explotación del trabajo ajeno. Nadie se enriquece sin apropiarse del esfuerzo de otros.

El orden económico mundial se estructura alrededor de un pequeño grupo de países centrales Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Japón que concentran capital, tecnología y poder militar. En contraste, los países periféricos, como México y gran parte de América Latina, África y Asia, se ven reducidos a proveedores de materias primas, mano de obra barata y mercados dependientes.
Esta desigualdad no es resultado de una supuesta inferioridad, sino consecuencia de siglos de colonialismo, saqueo y subordinación económica. Los datos lo confirman: lejos de cerrarse, la brecha entre países ricos y pobres sigue ampliándose, incluso en contextos de tratados de libre comercio e inversión extranjera.
Esta disparidad también se refleja en el campo: mientras en México muchos campesinos aún trabajan con herramientas rudimentarias como el arado y el azadón, en países desarrollados se emplea maquinaria altamente tecnificada.
A partir de la década de 1970, la caída en la tasa de ganancia llevó al capital a reinventarse mediante la externalización industrial y la financiarización. Este proceso ha generado efectos devastadores: la desconexión entre capital productivo y financiero, la mercantilización de derechos básicos como la salud y la educación, y la recurrente aparición de crisis económicas.
Como lo ha señalado Joseph Stiglitz, estas crisis evidencian profundas contradicciones del sistema viviendas vacías en manos de bancos y, al mismo tiempo, familias sin hogar.
Para sostenerse, el capital financiero busca controlar sectores clave: tecnología, mercados financieros, recursos naturales, medios de comunicación y armamento. Sin embargo, este control es incompatible con la soberanía de los pueblos.
Conflictos internacionales actuales, tensiones comerciales y disputas geopolíticas no son más que expresiones de esta lucha por mantener el dominio global.

Ante este panorama, la disyuntiva es clara: o el mundo continúa sometido a un sistema imperialista profundamente inhumano, o los pueblos logran construir un orden más justo, soberano y orientado al bienestar colectivo.
La pregunta no es si el sistema cambiará por sí solo, sino si las sociedades estarán dispuestas a transformarlo.
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