Organización y lucha son necesarias en toda sociedad y más en una clasista como la nuestra, es decir, en una sociedad dividida en clases sociales, en la que la distancia que separa a los que lo tienen todo de los que nada poseen se hace cada vez más grande y en la cual, aunque no se acepte abiertamente, los integrantes de los sectores dominantes permanecen vigilantes, observando con recelo a los pobres, temerosos de que éstos, en su condición de desposeídos, reclamen un reparto más equitativo de la riqueza social, algo que realmente les pertenece, porque son precisamente los trabajadores y no otros los que la generan con su capacidad creadora.
Debemos considerar que sólo hay una forma en que los miembros de la clase poseedora, los capitalistas, que en conjunto forman la clase de los modernos esclavistas de esta sociedad, pueden obtener su riqueza: la explotación.
El capitalismo no puede existir sin el abuso legal, sin la desigualdad jurídicamente permitida, sin la explotación de una clase sobre la otra. No hay un interés común entre las dos clases sociales; para unos la ganancia particular es sagrada y debe protegerse a toda costa, para otros la búsqueda de ciertas condiciones elementales para vivir se hace necesaria cada día y, con ella, siempre está presente la exigencia de que quienes viven y se enriquecen del esfuerzo de los demás devuelvan algo de lo mucho que se han apropiado.
No se trata de enemigos personales. Las clases sociales, al tener intereses contrarios y defenderlos, crean por necesidad dos posiciones opuestas que se manifiestan como conflictos sociales; por ejemplo, en la lucha por la elevación de los salarios o por mejores condiciones de vida. En este caso, su esencia consiste en tratar de lograr un mejor reparto de la riqueza para beneficio de los trabajadores y sus familias.
De la misma manera, la defensa de los privilegios y la búsqueda de mejores condiciones de vida, es decir, la defensa de los intereses de clase, se ejemplifican en la lucha por el poder político; unos lo retienen y otros lo necesitan para modificar las condiciones sociales y económicas a las que se encuentran sometidos.
Debemos considerar que sólo hay una forma en que los miembros de la clase poseedora, los capitalistas, que en conjunto forman la clase de los modernos esclavistas de esta sociedad, pueden obtener su riqueza: la explotación.

Abierta o velada, lo mismo da, ella es la base para la creación de la plusvalía. Tomemos en cuenta también que defender las ganancias implica estar de acuerdo con la forma en que se generan y, por consiguiente, preservar por todos los medios la correspondiente forma de apropiación, es decir, la incautación privada de lo que producen los trabajadores.
Por el contrario, el interés del trabajador, del proletariado, es terminar con el sistema de explotación para, de esta manera, disfrutar de lo que produce; conseguir un reparto más equitativo de la riqueza y garantizar que la sociedad entera y no sólo unos cuantos accedan a los beneficios de lo que generan.
Así, se observa un antagonismo social que se personifica en los elementos que forman las dos clases representativas de la sociedad capitalista: la burguesía y el proletariado.
Esta misma situación la encontramos a nivel internacional: los países en que dominan los intereses económicos de los grandes monopolios someten y abusan de los débiles para mantener en funcionamiento sus industrias y, con ello, sus ganancias y privilegios.

Por tanto, la misma necesidad de defensa de los intereses obliga a una coordinación y planificación entre iguales; unos, en organizaciones empresariales legales y abiertas, sin descartar otras secretas; y, en contraparte, los trabajadores, impulsando sindicatos y partidos revolucionarios de vanguardia. Todas estas formas de organización, tanto las de unos como las de los otros, se reconocen como la forma más eficaz en la cual es posible hacer frente al adversario.
La ambición de ganancia es lo que origina algunos problemas en las organizaciones empresariales; no obstante, al final tendrán que reconocer que, para mantener sus privilegios, no tienen otra alternativa más que organizarse. Al interior habrá siempre algunos que se beneficien más que otros; se mantendrá la rivalidad entre ellos, misma que nace de su deseo de mayor utilidad particular, algo que no debiera suceder en las organizaciones de los trabajadores.
Sin embargo, habrá que reconocer que, gracias a la manipulación de la conciencia de los trabajadores mediante la propagación de la ideología burguesa, no todos identifican sus intereses con la misma claridad; una parte significativa del pueblo mexicano continúa bajo los efectos del onírico deseo individualista de convertirse algún día, no muy lejano, en miembro de ese selecto grupo de privilegiados.
Así, esta fracción del pueblo mexicano, al ser víctima de esta trampa ideológica y defender sólo sus intereses particulares, le proporciona un gran daño a la organización y a la conciencia de clase de los trabajadores.

Cuando el trabajador lucha únicamente por sus beneficios como miembro de una determinada fábrica u oficio, en el mejor de los casos, si esa organización se llega a formar, tiene sólo alcances gremiales que, dependiendo exclusivamente de la coyuntura, crecen con amplias posibilidades de triunfar, pero se debilitan y desaparecen toda vez que son satisfechas sus demandas particulares.
Para la organización de clase, este es un fenómeno que fragmenta y debilita su capacidad de acción. Sus esfuerzos se dispersan hacia objetivos que tienen su importancia en el beneficio que aportan al mejoramiento de las condiciones económicas de cierto gremio, que modifican temporalmente las condiciones de un sector en específico, pero que no resuelven significativamente la condición de todo el conjunto de trabajadores.
Las aportaciones de Karl Marx y Friedrich Engels permiten desarrollar la educación política de los trabajadores sustentada en una base real, sobre los principios del materialismo dialéctico y ésta, a su vez, favorece la comprensión de la comunidad de intereses que tienen todos los trabajadores, independientemente del oficio que desarrollen, lo cual clarifica la necesidad de avanzar un grado más en la organización, ya no gremial o de oficio, sino en la de todos los trabajadores.
La necesaria comprensión de que todos los trabajadores tenemos, en el fondo, los mismos intereses nos permitirá entender también que se vuelve indispensable la organización de todos los trabajadores del país, de los campesinos, obreros, empleados y jornaleros, de todos los que sufrimos la explotación en sus diferentes formas, en un solo conglomerado que nos represente y defienda como pertenecientes a una misma clase social.
De esa manera también, con el reconocimiento y organización del potencial de todos los verdaderos creadores de la riqueza material y social, se podrá hacer frente a todos los peligros externos que amenazan la soberanía nacional, algo que el pueblo cubano ha mostrado a todos los trabajadores del mundo.
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