MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La peligrosa pérdida de la memoria a largo plazo

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Quiero aclarar, de entrada, que los términos guerra o enfrentamiento, hacen referencia a dos fuerzas en relativa igualdad de condiciones para defenderse, es decir, con capacidad de fuego elemental que les permita hacer frente al enemigo. Otra cosa distinta, como lo vemos en medio oriente, es la brutal agresión contra la población civil de Palestina por parte del “Estado” Israelí o judío, que no es sino vil abuso de poder, (aunque a través de la poderosa maquinaria mediática, los dueños del dinero y de los medios de comunicación en el mundo, digan otra cosa), pues, en realidad, es un crimen producto de la ambición y el odio, cometido por un ejército poderosamente armado por la hegemonía unipolar como su enclave en el mundo árabe, perpetrado contra los débiles, que no pueden defenderse. Vil terrorismo ejercido por más de 60 años, hoy llevado a cabo contra más de dos millones de seres humanos encerrados en un pedazo de su propio territorio, que pretenden reducirles aún más corriéndolos a bombazos. Agreguemos que el pueblo judío desde la antigüedad no tuvo territorio y que fue la “ONU” la que “le dio”, al final de la segunda guerra mundial, un pedazo del país de Palestina para fundar su Estado, del cual han acaparado prácticamente todo, salvo dos regiones.  

Un poco de historia económica. La descomposición de la economía de autoconsumo condujo a la economía mercantil simple de elaboración de productos destinados al mercado para satisfacer las necesidades de la población que acudía a éste a comprarlos, mientras el vendedor ocupaba el dinero producto de su venta para comprar, a su vez, otra mercancía; formándose así un prolongado ciclo económico de Mercancía-Dinero-Mercancía… Para luego dar paso a la etapa capitalista propiamente dicha, en la cual se producen mercancías ya no para la satisfacción de necesidades humanas sino para extraer ganancia, es decir, obtener un dinero incrementado gracias a la compra, por parte del capitalista, de fuerza de trabajo, mercancía cuyo uso es el trabajo vivo del obrero, que se incorpora como valor nuevo al producto, el cual brota “mágicamente” como plusvalía en forma de ganancia, en el mercado, convirtiendo el dinero en capital.

Pero la creciente concentración de capital creó grandes monopolios que ya no son propiamente parte del mercado sino los dueños de éste, al que le imponen sus reglas, aniquilando en los hechos la idílica libre competencia o iniciativa privada y otros conceptos románticos atrapa-ingenuos que hace mucho quedaron atrás con las etapas de formación del modo de producción capitalista. Eliminada la libre competencia se elevó exponencialmente la concentración y centralización del trabajo y la producción al poner bajo el mismo capital a miles y miles de obreros más, de diferentes nacionalidades, junto con nuevas tecnologías, pero no se socializó a los medios con que se produce (maquinaria, etc.) y, por tanto, la apropiación de lo producido siguió siendo privada, agudizándose a niveles de crisis la contradicción entre la creciente socialización de las fuerzas productivas y las ya no correspondientes relaciones sociales de producción.  

Para aliviar la crisis los grandes monopolios necesitaron, cada vez más, extensas fuentes de materias primas y energía, así como fuerza de trabajo barata, y nuevas poblaciones que le sirvan de mercado para vender sus mercancías. Todo esto a la vez, como condición de vida del capital para seguir revalorizándose y acumulándose en unas cuantas manos. Por eso, si no se las dan de grado tiene que arrebatarlas mediante la agresión y las guerras, en esta etapa ya emprendidas como Estado. Por eso el término capitalismo monopolista de Estado, que caracteriza el fenómeno en su actual grado de desarrollo, nos permite juzgar y diferenciar entre una guerra de agresión y una guerra defensiva, para no meter en un mismo costal a agresores y agredidos como si ambos fueran culpables de los conflictos que lesionan hondamente a la humanidad entera, de la cual todos somos parte.

Desde mi punto de vista, es necesario rastrear en la historia y en la estructura social, determinante en última instancia, de los fenómenos acontecidos en cualquier esfera de la superestructura, para no cometer la terrible injusticia de condenar a las víctimas en vez de condenar a los victimarios, los cuales, desde que apareció la sociedad dividida en clases han vivido del trabajo ajeno y se niegan por todos los medios a abandonar su privilegio de explotadores universales, cuando el desarrollo de la sociedad está gritando voz en cuello que una sociedad nueva, organizada acorde con los derechos e intereses de TODOS es ya no sólo justo, sino además, posible, urgente y necesario. Y eso podrán lograrlo sólo las grandes masas trabajadoras conscientes y organizadas. Por eso les hace mucho daño perder la memoria a largo plazo y olvidar que hubo una edad de oro de la sociedad donde los hombres fueron hermanos de los demás hombres y que, por tanto, el desarrollo social, como lo demuestra la ciencia económica, debe conducirnos ahora, a un estado de cosas semejante, puesto en un plano superior. 

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