MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La nariz del Tío Sam en Taiwán

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Taiwán es una isla de 35 mil 970 kilómetros cuadrados de extensión; apenas un poco más grande que el estado mexicano de Puebla. Está a 120 kilómetros de las costas de China continental, es decir, tanto como desde la ciudad de México hasta la ciudad de Tlaxcala. Eso, en términos de modernos misiles supersónicos es nada.

Diríamos, pues, que China y su isla de Taiwán están entre sí “a tiro de piedra”: son una sola zona geográfica, pues. Y debemos reconocer que se trata también de un solo pueblo, con historias comunes, a la vez tan distintas entre sí quizás como las de Puebla con Tlaxcala. Pero, tanto los de la isla como los de la parte continental son chinos todos.

En sus afanes imperialistas, los japoneses le arrebataron la isla a China, pero tuvieron que regresarle su dominio en 1945, al perder en la Segunda Guerra Mundial

La cercanía geográfica entre ambas partes de China permitió que hacia la isla huyeran en 1949 los perdedores en la gran guerra de liberación popular encabezada por el partido de Mao Zedong y de inmediato, con gran oportunismo, el imperialismo estadounidense metió la enorme nariz del Tío Sam, reconociendo como independiente a la tiranía que llegaron a imponer en la isla los culpables de la muerte de 17 millones de chinos entre 1927 y 1949.

Los mexicanos bien sabemos lo que significa el intervencionismo imperial cuando recordamos que el Papa Pío IX condenó la Constitución Mexicana de 1857 y bendijo las tropas europeas que vinieron a invadirnos en enero de 1862, para proteger a los reaccionarios que perdieron en nuestra Guerra de Reforma, que habían empujado a nuestro país en un baño de sangre y que nos arrojaron a otro más cruento que duró hasta junio de 1867, cuando los invasores fueron expulsados de nuestras tierras.

Con la insolencia que les da su poderío militar, los gringos se metieron, a medio mundo de distancia, en un asunto chino que no era de su incumbencia, para intentar sacar provecho de la situación y extender su poder, dominio e influencia capitalista; esta vez protegiendo a los fugitivos dirigentes de la clase social que había causado tanto daño a su pueblo.

De haber permanecido en la parte continental de China, los fugitivos habrían sufrido la misma suerte de los generales traidores mexicanos Miramón y Mejía, aliados de los intervencionistas franceses. Los gringos dieron a los asesinos del pueblo chino la protección militar mediante un tratado de “defensa mutua” y los presentaron al mundo, claro, como las víctimas de “esos malvados comunistas”.

Aprovechando el escaso desarrollo naval de los recién liberados chinos, los gringos protegieron al grupo de criminales en la isla: rápidamente instalaron allí misiles y una base militar con la esperanza de contraatacar la Revolución del pueblo chino, derrotar y volver a instaurar allí su dominación tan pronto como fuera posible. Este ha sido su objetivo principal y nunca ha dejado de serlo.

Los mexicanos no debemos olvidar que Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses, ganancias que proteger, plusvalía que generar; sólo le interesa explotar a los trabajadores del mundo y esta ocasión lo que menos le interesa es el bienestar del pueblo chino de la isla de Taiwán, al que está usando solamente de punta de lanza con la complicidad de los descendientes políticos de los criminales fugitivos de la Revolución, que ha triunfado, sacando de la pobreza a 800 millones de seres humanos en los últimos 40 años. 

Estados Unidos no ha hecho eso en ningún lugar donde ha metido su nariz; ni siquiera en su propio país, donde cada vez hay más pobreza, drogadicción y deshumanización.

Esa es la República Popular de China que, por su propio esfuerzo, ganó su reconocimiento internacional como la única China auténtica en 1971 y ocupó merecidamente su sitial en la ONU. De nueva cuenta Estados Unidos intenta hoy convencer al mundo de que hay dos Chinas, pero no debemos creerle, “pero ni tantito así”.

Sólo quien tenga los mismos intereses de los imperialistas gringos o quien ingenuamente crea sus mentiras puede aceptar la descomunal injusticia de querer robarle al pueblo chino y su Gobierno su soberanía y su territorio. 

China es sólo una y se llama República Popular de China, que incluye la isla de Taiwán; como México sólo hay uno y se llama Estados Unidos Mexicanos, que incluye nuestras 32 entidades federativas y ni allá ni acá debemos permitir que nos dividan.

Estados Unidos amenaza a los pueblos del mundo y pretende desencadenar otra guerra agresiva desde la isla de Taiwán. Enloquecido por la sed de injustas ganancias y el temor de perderlas, arriesga la paz de los pueblos hermanos de China, alimenta el divisionismo y promueve una guerra civil donde no debe haberla, exactamente como hace en Ucrania y como hicieron sus colegas imperialistas franceses con México en 1862.

Nos solidarizamos con el pueblo chino que habita en Taiwán: deseamos que no sean arrastrados a un fratricidio y hacemos votos por que se convenzan y actúen en consecuencia con el principio de Una Sola China; que sólo en la aplicación firme de este principio se hallan la paz, el desarrollo y el bienestar de su gran nación.

Una agresión contra la República Popular de China, debe quedar claro, será una agresión infame contra el mundo entero; la última, muy seguramente.

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