MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El pueblo soviético y su líder, José Stalin, derrotaron a Hitler

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• 81 años después del triunfo sobre la Alemania nazi, millones de soviéticos siguen siendo símbolo de resistencia y sacrificio histórico

Hace unos días, el 9 de mayo, el mundo recordó uno de los hechos históricos más importantes del siglo XX: la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. La Alemania de Hitler era una potencia depredadora que pretendía esclavizar a todos los pueblos del planeta y apoderarse de sus riquezas.

Obreros, campesinos, mujeres, jóvenes y ancianos participaron en la resistencia con noble valentía. Mientras los soldados combatían en el frente, miles trabajaban día y noche en las fábricas produciendo armas, alimentos y equipo militar. 

Pero esta fecha no debe ser solamente una conmemoración, sino también una reflexión sobre el enorme sacrificio de un pueblo trabajador que resistió el ataque militar más brutal conocido hasta entonces y que pagó con 27 millones de vidas de los diversos pueblos que formaban la Unión Soviética. 

Como todos sabemos, en 1991 este inmenso país se fragmentó en varios países, siendo hoy Rusia su sucesora y heredera.

81 años han transcurrido desde aquella gran victoria histórica. Durante décadas, el cine hollywoodense y los gobiernos occidentales han intentado convencer al mundo de que Estados Unidos y sus aliados fueron los vencedores de la guerra.

Sin embargo, los hechos históricos muestran la realidad: fue el pueblo soviético quien soportó el peso de la lucha contra Hitler y el nazismo. 

El conocido historiador norteamericano David Glantz afirma que la derrota de la Alemania nazi se debió al Ejército Rojo de la Unión Soviética, que destruyó el 80 % de las fuerzas armadas alemanas, soportando el conflicto más mortífero de la historia.

Al respecto, el maestro Aquiles Córdova Morán, en su análisis ¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial?, explica que las potencias occidentales pensaban que la Unión Soviética debía conformarse solamente con los elogios y regresar a casa sin influencia política en Europa. Pero no ocurrió así. 

Los países liberados por el Ejército Rojo fueron Polonia, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria y Yugoslavia, que optaron por organizarse como repúblicas populares o socialistas y construir un nuevo proyecto social junto a la Unión Soviética. Austria igualmente fue liberada por el Ejército Rojo.

Cuando Alemania lanzó la “Operación Barbarroja”, en junio de 1941, movilizó cerca de 3 millones 800 mil soldados, además de miles de tanques y aviones, con la intención de destruir a la Unión Soviética en pocas semanas. 

Al inicio de la invasión, el ejército nazi era superior en organización y técnica militar. Francia, por ejemplo, había sido derrotada en poco más de un mes y Hitler pensaba que ocurriría lo mismo con los soviéticos. 

Pero los nazis encontraron dos obstáculos inesperados: la heroica resistencia del pueblo soviético y las enormes dificultades para mantener sus comunicaciones y abastecimientos en un territorio tan inmenso. 

Desde los primeros días de guerra, las pérdidas alemanas fueron cuantiosas. Tan sólo en la primera semana tuvieron alrededor de 40 mil muertos, heridos o prisioneros.

Frente a la maquinaria militar más poderosa de su tiempo se levantó un pueblo, con la dirección de José Stalin, dispuesto a defender su patria y el futuro de millones de trabajadores. 

Obreros, campesinos, mujeres, jóvenes y ancianos participaron en la resistencia con noble valentía. Mientras los soldados combatían en el frente, miles de obreras trabajaban día y noche en las fábricas produciendo armas, alimentos y equipo militar. 

Una de las mayores fortalezas soviéticas fue precisamente su capacidad para producir armamento. El gobierno trasladó muchas fábricas hacia la región de los Urales, lejos del alcance de la aviación alemana. Desde ahí salió un flujo constante de armas, tanques y aviones que resultó decisivo para derrotar al ejército nazi. 

La participación de las mujeres soviéticas fue extraordinaria. No sólo trabajaron en fábricas y hospitales; muchas combatieron directamente en el frente. En la batalla de Moscú, por ejemplo, varias baterías de artillería eran manejadas por mujeres.

Los propios dirigentes nazis comenzaron a sorprenderse por la capacidad de resistencia soviética. Incluso Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, reconoció que “los recursos y la capacidad de movilización soviética parecían inagotables”. 

El mariscal alemán Erich von Manstein, dirigente de las tropas nazis, admitió que “nunca imaginaron una organización tan grande por parte del pueblo soviético”.

En los momentos más difíciles de la guerra, Stalin llamó al pueblo a resistir y prepararse para enfrentar cualquier sorpresa. A través de la radio y de una intensa campaña de organización popular, el gobierno soviético mantuvo la unidad y la confianza del pueblo. 

El 7 de noviembre de 1941, cuando los nazis estaban cerca de Moscú, se realizó el tradicional desfile militar en la Plaza Roja. Las tropas que participaron marcharon directamente desde ahí hacia el frente de batalla.

Las imágenes de aquel sufrimiento todavía estremecen al mundo. En Leningrado, hoy San Petersburgo, el sitio nazi duró casi 900 días. La población murió de hambre, frío y bajo los bombardeos constantes, pero jamás se rindió. 

Más tarde vino la batalla de Stalingrado, una de las más sangrientas de la historia, donde comenzó la derrota del nazismo. Después, en la batalla de Kursk, considerada una de las mayores batallas de tanques de la historia, la Unión Soviética volvió a derrotar al ejército alemán. 

La Unión Soviética perdió alrededor de 27 millones de personas; ningún otro país sufrió una pérdida similar. Sin embargo, pese al dolor y las enormes pérdidas, el Ejército Rojo avanzó hasta Berlín. 

Días antes de la caída definitiva de la capital alemana, Hitler se suicidó mientras las tropas soviéticas tomaban la ciudad y, finalmente, el 9 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición incondicional de los restos de sus ejércitos.

Desde la visión del Movimiento Antorchista Nacional, esta victoria demuestra que cuando las masas trabajadoras se organizan y luchan por una causa justa bajo la dirección de líderes firmes y enérgicos que aman a su patria hasta la muerte, son capaces de derrotar incluso a los enemigos más poderosos. 

También deja una lección importante: el fascismo nació de la desigualdad social y de la ambición de los grandes grupos de poder. Por eso, mientras existan pobreza y explotación, seguirán existiendo condiciones para que resurjan ideas autoritarias y violentas contra los pueblos.

En nuestros días, cuando en Estados Unidos y Europa resurgen con fuerza en la política las ideas y personajes nazifascistas, émulos de Hitler, la memoria de la victoria soviética y del pueblo ruso, en particular, debe mantenerse viva como ejemplo de que los pueblos organizados y en lucha tienen la capacidad de transformar su realidad y luchar por una sociedad más justa y más humana.

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