MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

POESÍAS

Poesía

LIBERTADA (Oda)

Alexander Pushkin
Declama: Flor Martínez

¡Huye, apártate de mis ojos,

diosa del amor de opaca majestad!

¡Dónde estás, horror del poderoso,

cantora altiva de la Libertad!

¡Quita el laurel de mi cabeza,

rompe mi delicada lira; quiero

cantar la Libertad al mundo entero

y en el trono ahogar tanta vileza!

 

Señálame el noble camino

de aquel sublime Galo excelso,

a quien tú misma en su fatal destino

le inspirabas tan valientes versos.

Sólo por Destino veleidoso ungidos

¡tiemblen de este mundo los tiranos!

y ustedes: ¡valor, de pie, hermanos,

levántense, esclavos oprimidos!

 

¡Ay, por doquier que el sol alumbre,

látigos veo, veo hierros,

y lágrimas de servidumbre,

leyes de oprobios y destierros!

 

La perversión en el Poder

por las tinieblas sin virtud

celebra el Genio de la Esclavitud

y la maldita gloria por doquier.

 

Sólo sobre la regia testa

del pueblo cesan los dolores

cuando invencible alianza gesta

la Libertad con sus Leyes mayores;

cuando su firme escudo guarde

a todos, cuando en la fiel mano

del indomable ciudadano

sin vaciar su espada arde

 

y el crimen combate incansable

con sed sagrada de justicia,

con mano firme, insobornable

ni por terrores ni avaricia.

A ustedes el Poder, ¡oh, gobernante, oh rey!,

lo da la ley, no la naturaleza,

están por encima del pueblo y la realeza

pero más alta está la sempiterna Ley.

 

¡Dolor habrá y sólo habrá maldad

donde la Ley no sea respetada,

donde pueblo o rey no esgriman su verdad

para gobernar con ella como espada!

Tú eres mi testigo sin igual,

¡oh, mártir de los errores del ayer,

que por tus antepasados ves caer

ya decapitada tu cabeza real.

 

Ludovico asciende hacia la muerte,

en sus herederos sólo silencio alienta

y entrega su cabeza ya sin suerte

al cadalso de la Maldad sangrienta.

Calla la Ley, el pueblo está callado,

el hacha criminal resbala...

y, he aquí, que el púrpura malvado

sume en cautiverio la tierra gala.

 

¡Malvado, absolutista ruin!,

odio a tu trono y a tu templo;

la muerte de los tuyos y tu fin

con alegría cruel contemplo.

En tu rostro ven reflejada

los pueblos una rabiosa maldición,

tú, terror del mundo, negación

de Natura y Dios por la tierra humillada.

 

Cuando es media noche y las estrellas

brillan sobre el Neva brumoso

y a la cabeza libre de querellas

llega el sueño con paso sigiloso,

el cantor en su pensar sumido

mira el monumento del tirano vacío,

amenazante, durmiendo a su albedrío

– el palacio donde impera ya el olvido.

 

Y escucha de Clío un grito horrible

detrás de tan aborrecible muro,

llega a Calígula el terrible

momento de la muerte oscuro

y ante sus ojos claramente

él ve pasar a los asesinos

extasiados de ruindad y vino,

soberbios, más de cobarde frente.

 

Cómplice, el pérfido custodio

en silencio tiende el puente levadizo;

por manos de traición y odio

en la noche se abre el portón sumiso...

¡Oh estigma, pavor de nuestra hora!

Feroz asalta la jauría...

y en el fragor, con alevosía,

al infame traidor devora.

 

Y así aprendan, ¡poderosos!,

ni horca y castigo, ni abalanzas,

ni altares, sangre y calabozos,

ni ejércitos en fiel alianza

serán su salvación segura:

la Ley será invulnerable

y Libertad y Paz serán el sable

que guarde de los pueblos la Justicia pura.